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Inspirado en el piso compartido, pero con mejores servicios y un entorno de vida más agradable, el «co-living» se dirige sobre todo a un público joven y móvil: estudiantes, jóvenes trabajadores, autónomos y expatriados. En la práctica, consiste en vivir en una vivienda compartida (a menudo un piso grande o una residencia específica) donde cada uno dispone de un espacio privado amueblado (habitación con baño), al tiempo que se comparten los espacios comunes: cocina, salón, zona de coworking y, en ocasiones, gimnasio o terraza.
Pero en lo que el «co-living» va más allá del simple piso compartido es en la gestión centralizada y los servicios incluidos: wifi, limpieza, mantenimiento, suscripciones, actividades comunitarias… todo está incluido en un alquiler fijo. El objetivo es ofrecer una experiencia de vida «llave en mano», flexible, agradable y cómoda.
Aunque menos conocido, pero en pleno auge, el «habitat participativo» es un modelo en el que un grupo de personas se une para diseñar conjuntamente su futuro lugar de vida. Este proyecto puede adoptar la forma de un edificio de viviendas o de un conjunto de casas, a menudo en torno a espacios comunes: jardín, lavadero, sala de reuniones, taller… La idea es romper con el individualismo de la vivienda tradicional, situando en el centro del proyecto la solidaridad, la ecología y la gestión colectiva.
El colectivo suele encargarse del proyecto desde el principio, en colaboración con un arquitecto, un promotor o una cooperativa. Cada uno tiene su vivienda privada, pero las decisiones sobre las zonas comunes y la vida en comunidad se toman de forma conjunta.
Hay varios factores que explican el auge del «co-living» y de la vivienda participativa:
Estas nuevas formas de vivienda responden, por tanto, a aspiraciones más profundas que la simple necesidad de tener un techo: vivir de otra manera, en entornos más humanos, resilientes y adaptados a nuestra época.
Aunque estos modelos siguen siendo minoritarios frente al mercado inmobiliario tradicional, su impulso es real. En Francia, se calcula que hay más de 600 proyectos de vivienda participativa en marcha o ya finalizados. Por su parte, el «co-living» está experimentando un auge en las grandes metrópolis: París, Lyon, Burdeos, Marsella, pero también Berlín, Londres o Barcelona.
Los actores institucionales también están empezando a interesarse por ello: algunas entidades de vivienda social están poniendo a prueba residencias participativas, y las administraciones locales están incorporando estas iniciativas en sus políticas de urbanismo sostenible.
El «co-living» y la vivienda participativa son reflejo de un cambio cultural en torno a la vivienda. Ya no son solo alternativas para «vivir de otra manera», sino auténticas formas de resiliencia frente a múltiples crisis: sociales, económicas y medioambientales. Aunque estos modelos no se adaptan a todo el mundo, abren el camino a formas más cooperativas, flexibles y responsables de concebir la vivienda del futuro.
Al integrar el factor humano, la ecología y la solidaridad, estas alternativas esbozan otra visión de la ciudad y de la convivencia. Quizá no sean la norma del mañana, pero sin duda son laboratorios de ideas para el sector inmobiliario del futuro.
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